La piel es el órgano más grande del cuerpo. Mide entre 1.5 y 2 metros cuadrados y pesa cerca de 5 kilos. Entre las muchas funciones que cumple, como proteger al organismo de bacterias y virus o regular la temperatura corporal, también se encuentra la de actuar como medio de comunicación con el entorno. A través de la piel percibimos el frío o el calor y la humedad o resequedad del ambiente. Nos permite también sentir la textura de las cosas y el cuerpo de otros.

La piel está formada por tres capas, la segunda de ellas, llamada dermis, está llena de terminaciones nerviosas que son las encargadas de comunicar la sensación de aquello que tocamos. Así por ejemplo, cuando sientes algo muy caliente, envían un mensaje al cerebro y este ordena a los músculos alejarse del objeto. Estas terminaciones también envían mensajes de placer y bienestar cuando la sensación es agradable, por ejemplo, un abrazo o una caricia.

Investigadores del Instituto de Tecnología de California (CalTech), realizaron un experimento con ratones para identificar qué parte del cerebro se activa con las caricias. Utilizando técnicas de neuroimagen (que permiten evaluar los procesos de áreas y estructuras del cerebro), acariciaron a los ratones y encontraron que un grupo específico de neuronas respondía a este estímulo. Estas neuronas de las caricias, que solo se activan con cariños, tienen un efecto ansiolítico y de refuerzo positivo en los roedores. Aún faltan estudios para comprobar si nosotros también poseemos esas neuronas, pero los investigadores confían que así es y este descubrimiento podría ayudar a comprender aún más porqué nos gustan tanto los mimos.

Cuando estamos tristes, un abrazo suele funcionar como un buen analgésico. El oso de peluche o la almohada que te han acompañado en esas noches de llanto por el desamor, te ayudan a sobrellevar el trago amargo porque el cerebro está programado para responder positivamente a los estímulos táctiles cuando nos encontramos heridos. Diversas investigaciones han encontrado que después de un abrazo aumentan los niveles de oxitocina y otros químicos cerebrales asociados al placer y el bienestar, lo que disminuye la sensación de desconsuelo.