Cuando el cardiólogo diagnosticó a mi amigo Mario con hipertensión, le recetó, entre otras cosas, acudir a terapia de pareja. Además de cambios en su alimentación y un fármaco antihipertensivo, le sugirió que planteara a Ana, su mujer, la idea de buscar ayuda para mejorar su relación. Él sabía que las cosas entre ellos no iban bien y pensaba que los problemas conyugales podían estar relacionados con el padecimiento. No se equivocó. Ellos aceptaron la sugerencia y unos meses después, disminuyeron las peleas y la presión de Mario.

Los estudios sugieren que estar en una relación conflictiva es tan nocivo para el corazón como el ser un fumador habitual. Una discusión que se vuelve pelea, aumenta las pulsaciones, la sudoración y los niveles de adrenalina y cortisol. Someter al organismo a esos cambios de forma constante, puede llevar a alteraciones en los sistemas endocrino,inmune y cardiovascular.

Las personas que viven peleando con su pareja tienen más probabilidades de sufrir un ataque al corazón y de desarrollar problemas de colesterol y azúcar en la sangre. Una investigación de la universidad de Ohio concluyó que incluso tienen un proceso de cicatrización más lento. Esto debido a que el estrés disminuye la liberación de citoquina, proteína que regula el proceso de inflamación.  Pero ojo, el secreto no está en eludir las peleas. Aquellos que reprimen sus sentimientos y acumulan rencores tampoco gozan de buena salud. Lo importante es trabajar en fortalecer la comunicación de pareja para evitar que una diferencia desencadene una guerra.