Mafalda alguna vez aseguró “Dicen que el hombre es un animal de costumbres, más bien de costumbre el hombre es un animal” y lo cierto es que adquirimos ciertos hábitos que no parecerían de un ser racional. Algunos ejemplos que resultan sorprendentes:

  • Conocer los daños que causa el tabaco y a pesar de ello no renunciar a ese cigarro en ayunas cada mañana.
  • Padecer fatiga, sobrepeso y otros trastornos asociados a la comida rápida pero volver cada día al puesto de tacos o a la cadena de hamburguesas a pedir ese combo con extra todo.
  • Sufrir una resaca que impide pararse de la cama en dos días y conocer las estadísticas de accidentes automovilísticos y alcohol y aún así no reparar en tomar el auto y salir de copas.

Todos los días, millones de personas son víctimas de sus malos hábitos mientras la ciencia intenta determinar porque es tan difícil renunciar a ellos. La predisposición genética puede tener un papel relevante, pero también hay otros factores que influyen como:

Percepción sesgada del peligro.

A pesar de tener a nuestro alcance muchísima información sobre los riesgos de no usar condón o de sentarnos muchas horas frente a la televisión, lo seguimos haciendo porque tendemos a vivir para el momento y un futuro cercano y no para el largo plazo.

Racionalización.

Basta con que encontremos una excepción a las estadísticas para justificar nuestro mal hábito. “Mi abuelo fumó hasta los 95 y murió con los pulmones limpios” nos da ese argumento pseudorazonable para fumar como chimeneas.

Aceptación social.

Con tal de formar parte del grupo, podemos hacer cosas aún en contra de nosotros mismos. La experiencia de pertenencia se antepone al bienestar general.

A pesar de lo anterior, cambiar un hábito  es posibleConciencia y disciplina para lograr la transformación son dos herramientas indispensables. ¿Un tip para hacerlo más fácilmente? Modifica tu rutina. Si tus malos hábitos están integrados a tu escenario cotidiano, altéralo para que el proceso sea más sencillo.