En el libro “En tu cara: la nueva ciencia detrás de la atracción humana”, el psicólogo David Parret sugiere que las características de los padresinfluyen en nuestra elección de pareja. Parret propone que cuando aún somos pequeños, debemos aprender a reconocer claramente a nuestros progenitores para sobrevivir. Esos rasgos, que se “implantan” en la mente desde niños, nos acompañan el resto de la vida y ejercen un gran peso sobre lo que, de mayores, consideramos atractivo.

Investigadores finlandeses de la Universidad de Turku realizaron un experimento para verificar los postulados de Parret. Reclutaron a 70 hombres y mujeres y compararon el rostro de sus cónyuges con el de sus padres. ¿El resultado? En el caso de las mujeres no se encontró una semejanza muy marcada entre la cara de sus esposos y sus padres, pero en el de los hombres sí se notó una similitud significativa entre el rostro de sus esposas y el de sus madres.

Los responsables de la investigación aseguran que la evolución y la selección natural nos “programan” para buscar pareja entre nuestros pares. El contacto con la madre es el primero y más cercano, lo que hace que su tipo se convierta en la plantilla que se volverá nuestro referente. Curiosamente, por más presente que sea el padre, no deja el mismo tipo de huella.

La psiquiatría y psicología contemporáneas cada vez abandonan más el concepto “complejo de Edipo” que propuso Freud. Sin embargo, se sigue creyendo que la relación madre-hijo juega un papel determinante en la forma en que ese hombre se relaciona con las mujeres en la edad adulta. Si el lazo establecido con la mamá fue amoroso y cercano, existen altas posibilidades de establecer relaciones amorosas sanas. Si por el contrario, el vínculo fue nocivo y hay huellas de abandono, es posible que él busque mujeres con tendencia a desamparar, para intentar resolver ese círculo.

Entonces, ¿tu novia se parece a tu madre?