Cuando eras pequeño, quizá una amenaza común de tu madre fue “si vuelves a decir un taco, te lavaré la boca con jabón“. Tal vez la advertencia era ponerte sal o picante en la lengua o simplemente te llamaba la atención. Como haya sido, lo que es casi un hecho es que la primera vez que se te escapó una palabrota, algún adulto te haya llamado la atención. Decir groserías es de “maleducados“, es algo que “solo puedes hacer si eres mayor” o solo “está mal”. Pero, ¿de verdad siempre está mal maldecir y echar blasfemias?

Investigadores de la Universidad de Keele en Inglaterra realizaron un peculiar experimento para demostrar que decir malas palabras puede ayudar a aliviar el dolor. Para realizar el estudio reclutaron a un grupo de voluntarios al que dividieron en dos equipos. A los integrantes de ambos se les pidió mantener la mano en agua a 0°C (32°F); a los del primer equipo se les permitió decir su grosería favorita y a los del segundo decir cualquier cosa menos tacos. Al finalizar la prueba, los del grupo uno lograron mantener la mano 155 segundos en promedio, contra 115 del grupo dos.

Los investigadores encontraron además que aquellos que blasfemaron tuvieron ritmos cardiacos más acelerados, lo que indicaría que las palabras altisonantes ayudaron a activar la respuesta de combate o huída en el cerebro. Sugieren que soltar groserías podría incrementar los niveles de agresión lo que aumenta la tolerancia al dolor.

Las palabras “prohibidas” generalmente tienen relación con el sexo, la religión, el sistema excretor, los grupos sociales, la muerte, etc. Utilizarlas nos permite expresar emociones intensas como la ira, el miedo, la sorpresa, la frustración y por supuesto, la alegría. Ahora sabemos que también sirven para controlar el dolor.