Seguramente lo has vivido: el amor de tu vida se dio cuenta que tú no eres el amor de la suya y el mundo se te desmorona. Después de dos días sin salir de casa y tres botes de helado (sí, suena a cliché de Bridget Jones pero el helado en efecto ayuda a mejorar el humor), solo piensas en un plan perfecto. Una reunión con tus mejores amigos que incluya una botella de tequila y el iPod del desamor, ese que preparó Ana para estos casos y que tiene listas y listas con las canciones más tristes del mundo

“Me vas a extrañar”, “te voy a olvidar”, “por favor vuelve”, “no  sé qué hacer sin ti” e infinidad de frases similares, en inglés y en español, forman parte de esas canciones que se convierten en himnos de los que tienen el“corazón partío”. Después de perder a una persona, preferimos la música triste y un amigo empático que nos brinde comprensión o por lo menos eso propone un estudio realizado en la Universidad de Berkley.

Los investigadores reclutaron a 233 voluntarios a los que dividieron en dos grupos. A los integrantes del primero les pidieron asignar el tipo de música que preferirían escuchar después de una situación específica. Al segundo que eligiera entre un amigo empático o uno bromista que ayudara a olvidar el malestar. Las situaciones incluían:

  • Perder alguien cercano
  • Encontrar un insecto en la comida
  • Ver objetos desagradables
  • Perder una prueba o competencia importante
  • Avergonzarse por una mala decisión o comportamiento
  • Reprobar un examen o prueba de ascenso

La mayoría de los participantes optó por la música triste para acompañar la pérdida de un ser querido (ya sea fin de una amistad, relación amorosa, mudanza, muerte, etc.) y por el amigo generoso.

Aunque el estudio no se enfocó en las razones de esta preferencia, se sabe que la música tiene un efecto analgésico. Expertos de laUniversidad de Manchester en Reino Unido concluyeron que la música a más de 90 decibelios (más o menos el volumen de una aspiradora trabajado), provoca que el sacculus, estructura del oído interno, estimule la producción de endorfinas, hormonas que juegan un papel relevante en la regulación del dolor.