Tú no eres así, pero no hace falta que te lo digan los demás ya sea directamente o con la mirada, lo sabes, ¡estás insoportable con todas las letras!. Bueno, no seas muy duro contigo mismo, puede que esa irritabilidad a flor de piel sea algo pasajero porque simplemente, estás agotado mentalmente.

Veamos, ¡un chequeo rápido!

No te concentras

Tu mente está dispersa, lo que antes te salía en un plis plas ahora se te hace eterno y das mil vueltas para incluso no llegar a nada. Ni aislándote en una burbuja puedes centrarte.

No disfrutas

Tu trabajo te apasiona y actividades que normalmente te hacen disfrutar ahora te resultan lo más pesado del mundo. Tu único deseo real es “no hacer nada”.

Agresivo

Tu respuesta a cualquier demanda externa se parece más a un ladrido que a tu habitual don para el trabajo en equipo y la diplomacia. Contestas mal a todo el mundo.

Exigente con los demás

Tu flexibilidad se ha esfumado y todo lo que delegabas gustosamente ahora te parece un riesgo abismal porque los demás lo hacen todo mal o no tan perfecto como quieres. Al mínimo fallo estallas. Nada es suficiente y pareces un detector de fallos ajenos.

Duermes mal

Empiezas a tener “pesadillas” con el trabajo o lo que es peor puede que sueñes que estás trabajando. Eso, si consigues dormir y no tienes insomnio directamente.

Escapismo

Empiezan a multiplicarse conductas para evitar o escapar de la situación como largas pausas para el café, dedicar el doble de tiempo a la comida, salir antes de tu hora o en el peor de los casos, el absentismo, directamente no vas a trabajar.

¿Te reconoces? STOP!! Pon freno y vete unos días. Alejarte del ambiente laboral, desconectar y cambiar el decorado por unos días en contacto con la naturaleza te devolverá la paz mental y lo que es mejor, tus capacidades cognitivas y estabilidad emocional que ya creías perdidas para siempre.